Aron Delgado
Madrid
02/10/2026 a las 09:54h
Hoy recordamos a Manuel Montoya, uno de esos nombres que forman parte de la memoria taurina de Albacete y cuya trayectoria merece ser contada con el respeto que corresponde a quienes entregaron su vida al toro. Montoya fue mucho más que un banderillero. Fue torero de vocación, novillero de enorme proyección, matador de alternativa y, finalmente, un hombre de plata que dejó su sello en las cuadrillas de algunos de los nombres más importantes de la tauromaquia de su tiempo.
Nacido en Albacete el 21 de noviembre de 1972, Manuel Montoya se formó en la Escuela de Tauromaquia de su ciudad. Muy joven comenzó a recorrer el camino que conduce hasta el traje de luces y el 10 de agosto de 1988 hizo su presentación en público en Alcalá del Júcar, todavía como becerrista. Apenas un año después, el 5 de agosto de 1989, debutaría con picadores en Lorca, iniciando una carrera como novillero en la que pronto comenzó a llamar la atención de los aficionados.
Aquellos primeros años estuvieron marcados por los triunfos y por la sensación de encontrarnos ante un torero con condiciones. Montoya fue triunfador del ciclo de novilladas de Algemesí en 1989 y 1990, y en 1991 protagonizó uno de los episodios más importantes de su etapa como novillero al indultar en Nimes al novillo “Peleón”, de Salvador Guardiola. También dejó actuaciones destacadas en plazas francesas y en escenarios de máxima responsabilidad, hasta convertirse en uno de los novilleros albaceteños con mayor proyección de aquella generación.
Su nombre llegó incluso hasta Las Ventas, donde se presentó como novillero en marzo de 1991. La prensa de la época hablaba de un joven con valor, personalidad y cualidades suficientes para aspirar a mayores oportunidades. En Albacete, además, había dejado ya muestras de su concepto y de una manera de entender el toreo que no pasaba desapercibida.
El sueño de convertirse en matador de toros llegó el 21 de agosto de 1996, cuando tomó la alternativa en San Clemente, en la provincia de Cuenca, con El Molinero como padrino y El Califa como testigo, ante toros de El Pizarral. Sin embargo, la realidad de la profesión terminó conduciendo sus pasos hacia otro lugar del ruedo.
Y fue precisamente entre los hombres de plata donde Manuel Montoya volvió a demostrar la categoría de torero que llevaba dentro.
En 2003 comenzó su etapa como banderillero a las órdenes de su paisano Dámaso González, iniciando una segunda vida taurina que le permitió acompañar a grandes figuras y ganarse el respeto de compañeros y aficionados. Por sus cuadrillas pasaron nombres como Luis Francisco Esplá, José María Manzanares, César Rincón, César Jiménez y Rubén Pinar. En todas ellas, Montoya destacó no solamente por su manera de banderillear, sino también por sus condiciones con el capote de brega y por esa inteligencia que distingue a los buenos hombres de cuadrilla.
Porque ser banderillero es también ser torero. Es conocer los terrenos, medir las distancias, saber cuándo cruzar y cuándo esperar, dominar el capote y afrontar al toro con una responsabilidad que muchas veces queda en segundo plano ante el protagonismo del matador. Manuel Montoya entendió ese oficio y lo ejerció con dignidad, profesionalidad y personalidad.
Albacete perdió a Manuel Montoya en agosto de 2011, cuando tenía 38 años. Su muerte dejó una profunda huella entre quienes le conocieron y entre la afición de una tierra que siempre ha sentido como propios a sus toreros. La prensa de aquellos días destacó especialmente el cariño que despertaba en su ciudad y recordó su trayectoria desde sus comienzos como novillero hasta sus años como subalterno.
Años después, su nombre continúa formando parte de la historia taurina de Albacete. En 2016 fue incluido entre los toreros albaceteños que habían tomado la alternativa entre 1980 y 1999, en un homenaje dedicado a quienes llevaron el nombre de la ciudad por las plazas de España, Francia y otros escenarios taurinos.
También el recuerdo de Manuel Montoya quedó unido a su compañero y maestro Dámaso González. En 2011 se celebró en Albacete un festival en homenaje a Montoya, una muestra más de que el cariño hacia aquel torero no desapareció con su marcha.
Hoy, desde la memoria y el respeto, queremos volver a pronunciar su nombre: Manuel Montoya. Aquel joven que soñó con ser figura del toreo, que conoció la dureza del camino, que llegó a vestirse de luces como matador y que después encontró entre las filas de los de plata una manera distinta, pero igualmente honrosa, de seguir viviendo para el toro.
Su historia es la de tantos toreros que hicieron de la vocación una forma de vida y del ruedo su lugar en el mundo. Una historia de esfuerzo, de ilusiones, de momentos grandes y también de dificultades, pero, sobre todo, de amor por una profesión que exige entregarlo todo.
Hoy le recordamos.
Y lo hacemos como merece un torero de Albacete: con respeto, con admiración y con la certeza de que hay nombres que, aunque pase el tiempo, permanecen para siempre ligados a la historia de la tauromaquia de su tierra.
Manuel Montoya, torero y banderillero.
Un nombre de Albacete que merece seguir vivo en la memoria de la Fiesta.