Juan Manuel Toral
Albacete
21/09/2026 a las 13:54h.
Hay ganaderías que pasan por las plazas y hay ganaderías que permanecen en la memoria. Hierros que quizá no necesitaron los grandes carteles ni la continua presencia en las ferias para hacerse un nombre entre los aficionados. Ganaderías construidas lejos de los focos, en la tranquilidad del campo, a base de años, selección, paciencia y una manera muy particular de entender al toro bravo. La ganadería de Sáenz de Miera pertenece a esa estirpe.
Ligada durante décadas a Cercedilla y a la Sierra de Guadarrama, la divisa de Sáenz de Miera estuvo íntimamente relacionada con la figura de Teodoro Sáenz de Miera, uno de aquellos ganaderos serranos para quienes criar toros bravos era, antes que una actividad, una auténtica forma de vida. Durante aproximadamente medio siglo permaneció al frente de una ganadería que llegó a convertirse en una referencia dentro del campo bravo de la zona y que adquirió una personalidad propia.
Pero hablar de Sáenz de Miera es hablar, sobre todo, de toro encastado. La ganadería estuvo vinculada al prácticamente desaparecido encaste Manuel Arranz, una procedencia que Teodoro Sáenz de Miera conservó durante décadas y que otorgó a sus animales una identidad muy particular. En 2014, la Asociación de Ganaderías de Lidia homenajeó precisamente al ganadero con motivo de sus cincuenta años criando reses bravas, destacando la singularidad de mantener una sangre ganadera que ya era entonces muy poco frecuente.
En las tierras de la Sierra, el nombre de Sáenz de Miera llegó a adquirir una consideración especial. La prensa taurina de la comarca describió aquella vacada como una de las ganaderías más temidas y duras del entorno, con animales briosos, encastados y exigentes, capaces de poner a prueba las condiciones de los toreros. No era una ganadería concebida para facilitar el camino. Era una ganadería para quien supiera enfrentarse al toro y resolver las dificultades que surgieran sobre la arena.
Y precisamente ahí reside buena parte de su interés histórico.
Porque el toro bravo no puede entenderse únicamente desde la estética. El trapío, la presencia y la belleza forman parte de su identidad, pero detrás de cada animal existe un trabajo silencioso de selección que se prolonga durante generaciones. El ganadero observa, compara, tienta, descarta y conserva. Busca carácter, bravura, capacidad de pelea y transmisión. Y cuando además se trabaja con una línea genética minoritaria, la responsabilidad aumenta todavía más.
Sáenz de Miera fue una de esas casas ganaderas que conservaron un patrimonio genético de enorme interés para la historia de la Fiesta.
Las reses de Teodoro Sáenz de Miera fueron protagonistas de numerosos festejos, especialmente en plazas y localidades del entorno de Madrid y Castilla y León. La documentación histórica conserva, por ejemplo, carteles de novilladas celebradas en Pedraza de la Sierra con ganado de Teodoro Sáenz de Miera, procedente de Cercedilla, demostrando la presencia que llegó a alcanzar su hierro en aquellos circuitos taurinos.
También en la propia Cercedilla quedó profundamente ligada la ganadería a la vida taurina de la localidad. En 1998, un festival celebrado en su plaza de toros anunciaba cuatro becerros de la ganadería de D. Teodoro Sáenz de Miera, una muestra de cómo el hierro formaba parte de las celebraciones taurinas de aquella tierra.
Pero si existe un lugar que ayuda a comprender la historia de Sáenz de Miera es la finca Cercaespesa, en Los Molinos. Allí estuvo vinculada durante años la ganadería y allí se desarrolló buena parte de ese trabajo silencioso que nunca aparece en los carteles: los herraderos, las tientas, la selección de las vacas, la observación de los sementales y las largas conversaciones de campo en las que se decide el futuro de una ganadería. La Asociación de Ganaderías de Lidia recoge Cercaespesa como finca de los herederos de Teodoro Sáenz de Miera.
Quienes conocieron de cerca a Teodoro Sáenz de Miera recuerdan precisamente esa pasión por el toro. Los testimonios de aficionados que compartieron con él horas en el campo hablan de madrugones, tentaderos, embarques y conversaciones interminables sobre toros. En uno de esos recuerdos se define a Sáenz de Miera como un hombre que enseñó a conocer y querer al toro bravo desde el campo, una descripción que explica mejor que cualquier estadística lo que significó aquella ganadería para quienes tuvieron la oportunidad de vivirla desde dentro.
Teodoro Sáenz de Miera falleció en 2014, dejando atrás medio siglo dedicado a la cría del toro bravo. Su muerte supuso la desaparición de una figura profundamente vinculada a la historia taurina de Cercedilla y de la Sierra de Guadarrama. La noticia de su fallecimiento recordaba precisamente sus cincuenta años como ganadero y la importancia de la sangre de Manuel Arranz que había mantenido durante décadas.
La historia ganadera de la familia, además, no terminó completamente con su desaparición. La denominación Herederos de D. Teodoro Sáenz de Miera Berrocal continúa figurando en los registros de la Asociación de Ganaderías de Lidia, con divisa azul y blanca, señal de horquilla en ambas orejas y finca declarada en Cercaespesa, Los Molinos.
Y junto a ese legado familiar surgieron también nuevas iniciativas ganaderas relacionadas con la familia. La ganadería Jiménez Sáenz de Miera, propiedad de Óscar Jiménez Martín, se formó posteriormente con reses procedentes de El Retamar y mantiene sus explotaciones en la Sierra de Guadarrama. Su presencia representa otra generación de una familia vinculada históricamente al toro bravo y al paisaje taurino de Cercedilla.
El recuerdo de una ganadería de ley
Sáenz de Miera representa una manera de entender la ganadería brava que hoy resulta especialmente valiosa: la del ganadero que conoce cada rincón de su finca, cada vaca, cada familia de animales y cada línea de sangre.
Su historia no está únicamente en los carteles que anunciaron sus toros. Está en las dehesas serranas, en las plazas de los pueblos, en los aficionados que recuerdan aquellos animales, en los toreros que tuvieron que enfrentarse a ellos y en quienes todavía hablan de la ganadería con respeto cuando aparece su nombre en una conversación taurina.
Porque el tiempo puede hacer desaparecer un hierro de los carteles, pero no necesariamente consigue borrar su huella.
Sáenz de Miera fue campo, fue afición, fue selección y fue toro bravo.
Una ganadería marcada por la personalidad de un hombre que dedicó medio siglo a mantener viva una sangre ganadera poco común y por unos animales que se ganaron fama de bravos, serios y exigentes.
En la historia de la tauromaquia serrana, el nombre de Sáenz de Miera ocupa ya un lugar propio.
Y para quienes todavía creemos que la historia del toro también se escribe lejos de las grandes ferias, entre cercas, corrales, tentaderos y amaneceres de campo, recordar esta ganadería es también recordar una parte de la memoria más auténtica de la Fiesta.
Sáenz de Miera.
Una ganadería de la Sierra.
Una sangre con historia.
Y una leyenda que todavía permanece en la memoria del campo bravo.